Propiedades rústicas

Pajares, corrales y cercas de piedra seca

Cerca de piedra seca que cruza un prado hasta un pajar de granito con portón de madera y tejado de teja

Las casas se han restaurado mucho en la sierra. Los edificios de trabajo, bastante menos: pajares con el tejado hundido, corrales sin puerta y kilómetros de cerca de piedra que nadie repasa desde hace años.

Son la parte más humilde del patrimonio rústico y la que mejor explica cómo se vivía. Una casa dice cuánta gente había; el pajar y el corral dicen de qué vivía.

El pajar

Servía para guardar la paja y el heno que comía el ganado en invierno, y a veces aperos y el carro. Por eso tiene una forma reconocible: una nave alta y casi ciega, con un portón grande y uno o dos huecos pequeños arriba para ventilar. Nada de ventanas a la altura de la vista. La paja tenía que estar seca y a oscuras.

Los muros son de mampostería, como los de las casas, pero suelen estar peor acabados por dentro, porque nadie iba a vivir allí. Lo que sí se cuidaba era el tejado. Un pajar con goteras pudría la cosecha de hierba de un año entero.

Muchos están en las afueras de los pueblos, en eras o junto a los caminos, y otros forman parte del conjunto de la casa de labranza. Cuando hoy se rehabilita uno, casi siempre es por ese volumen: tanto espacio diáfano bajo un tejado de madera no se encuentra en otro tipo de edificio.

El corral

Un espacio cercado y descubierto, a veces con un tinado o cobertizo adosado a un lado, donde dormía el ganado y se guardaba de los lobos y de la helada. Los de ovejas y cabras son bajos y extensos. Los de las casas, más pequeños, metían también las gallinas y el cerdo.

Lo que define al corral es la puerta. Ancha, de madera, con el umbral de una sola losa gastada por el paso de los animales. Si se conserva, merece la pena mirarla de cerca.

La cerca de piedra seca

Es la obra rústica que más se ve y en la que menos se repara. Muros de piedra sin argamasa que separan prados y fincas, cierran caminos y marcan propiedades. Se levantaban con la piedra que salía al limpiar el terreno para pastos o para siembra, de modo que la cerca era a la vez una linde y un sitio donde poner lo que estorbaba.

Hacer una bien tiene su técnica. Las grandes van abajo. Cada piedra apoya en dos de la fila inferior, como en una pared de ladrillo, para que las juntas no coincidan. De vez en cuando se pone una larga atravesada que ata las dos caras del muro. Arriba, una hilera de remate que carga y sujeta el conjunto. Un muro así se mueve un poco con las heladas y vuelve a asentarse, porque no tiene mortero que se agriete.

En 2018 la UNESCO incluyó el arte de construir muros de piedra en seco en su lista de patrimonio cultural inmaterial, con una candidatura de varios países europeos en la que estaba España. Fue un reconocimiento al oficio más que a ningún muro en concreto.

Qué se puede hacer

Quien tenga un tramo caído en su finca puede volver a montarlo con las mismas piedras, que suelen estar al pie. Es trabajo lento y no hace falta más herramienta que unos guantes, una barra y paciencia. Lo que conviene evitar es rematar con cemento: endurece la parte de arriba y el muro deja de moverse, y entonces se agrieta.

A quien camina por la sierra le toca lo fácil: no saltar las cercas, no sacar piedras y cerrar las portillas al pasar.

Para ver cómo encajan estos edificios en un pueblo concreto, en la portada hablamos de la casa de labranza y en el otro artículo, de los palacios de Ortigosa y Manjabálago.

También en esta web: Dos palacios en dos pueblos: Ortigosa y Manjabálago